Estaba en casa de mi abuela cuando una amiga de la familia llamó para avisar de que en la página dos del diario de avisos habían dedicado una columna a mi difunto abuelo. Trajeron un períodico a casa y tras leer el artículo me fui raudo y veloz a la edición digital del diario para quotearlo aquí.
Gracias a Luis Ortega por sus palabras.
Saltó de una a otra Breña sin nostalgia y campó a sus anchas por San Pedro -un pueblo-calle con todos los inconvenientes y todas las ventajas de esa condición- gracias a su buen talante, a su curiosidad y a un sentido del humor que, vivo siempre, maduró hacia calidades memorables con los años y dejó ocurrencias y frases lapidarias que sus viejos amigos evocan y citan. Cuando le conocí ejercía con entusiasmo, imaginación y falta absoluta de medios, su cargo de “concejal de asuntos varios” de Breña Baja y, desde ahí, mostró una sana inquietud por “la cultura posible”: concursos periodísticos, exposiciones plásticas y ciclos de conferencias, en cuya tribuna alternaban “personas de orden” y contestatarios leves. Dedicado desde siempre a la artesanía del bordado, en los últimos sesenta entró en las filas de La Sabatina, una facción plástica que, por obra y gracia de Francisco Concepción, prolongó los hechos y ecos de la famosa tertulia del mismo nombre, con sede en el Circo de Marte, que reunió a artistas de distintos ramos, médicos, abogados, notarios y jueces de primera instancia, profesionales varios y curiosos de toda condición y que fue, afortunadamente, una isla inquieta en la mediocridad del gris marengo impuesto y asumido de la autarquía. Arturo Morales fue actor y testigo privilegiado del bautizo oficioso del grupo en la plaza del Real Santuario por el agudo y liberado Ezequiel Cuevas, devoto y entonces jefe de la Esclavitud de Las Nieves; en respuesta al saludo coral de los pintores y a su ligero tinte irónico y a la vista de media docena de caballetes alineados y batas blancas (Quico, Basilio Galván, Gonzalo Cabrera, el joven Marfil y un nutrido “equipo de apoyo”, encabezado por Juan Fierro y Elías Santos) el ocurrente Pastor se preguntó y se respondió de inmediato: “¿La Sabatina? Nada de eso: el Renacimiento Palmero”. Arturo me recordó la anécdota en nuestros encuentros casuales y, de modo especial, en los últimos veranos de San Pedro, cuando coincidíamos en el café de la mañana y el puesto de periódicos; entonces había desplazado el apellido Morales por el apodo familiar, “por cuestión de vanidad y de marketing”, me dijo ante sus últimos cuadros, regalados para una causa benéfica, y ante una pared donde un farruco y colorista gallo lucía como emblema heráldico de la casa donde vivió sus últimos años, con achaques de salud que, por coquetería masculina y buena educación, ocultaba a los curiosos.











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