Pequeña reflexión matinal sobre lo que me hacen sentir los aeropuertos

Adoro los aeropuertos.

Cuando era pequeño eran lugares mágicos con puertas que llevaban a muchas partes,
demasiadas,
a las que ni siquiera podía llegar con mi imaginación,
ni con el dinero de mi alcancía.

Normalmente el trayecto siempre era el mismo: SPC-TFN.
Salir de mi isla para ver la gran isla con motivos vario pintos.

Hasta que un día de agosto de 1997 el binter creció (para mi imaginación de niño) y volé por primera vez fuera de Canarias.

En aquella época yo era un UM (menor que viaja solo),
solo tengo palabras buenas de aquella época en las que las azafatas me trataban como un señor,
el piloto me dejaba ir en cabina dándole la vara sobre que eran esos botones que pulsaba.

En aquel vuelo me tocaron de abuelos postizos unos señores catalanes que podrían haber sido mis abuelos perfectamente y que me trataron mejor que a sus propios nietos.

No fue hasta siete años después cuando volví a subir a otro avión fuera de África y casualmente con el mismo destino.

Han pasado los años y poco a poco me voy haciendo menos joven,
voy perdiendo bastantes ilusiones,
más de las que esperaba perder llegada a esta edad,
pero la ilusión de volar en un pájaro a otro lugar no la he perdido.

Gracias a Dios tengo mis billetes a dos céntimos que hacen que pueda visitar lugares que no habría ido ni de casualidad en condiciones normales (como la semana pasada a Palma de Mallorca).

Barajas T4

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